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viernes, 26 de octubre de 2012

Wichis salteños

Un documental sobre los wichis salteños, mejor película argentina

El etnógrafo, de Ulises Rosell, que narra la historia de un antropólogo que llega a Lapacho Mocho con una beca de Oxford y se enamora de una aborigen con la que tiene cinco hijos, se impuso a Infancia clandestina y Elefante blanco.

Batacazo: con esta sola palabra en tipografía catastrófica y ocupando la mitad de la tapa tamaño sábana de su suplemento de espectáculos, así destacó el tradicional diario tucumano La Gaceta el triunfo de El etnógrafo, el documental de Ulises Rosell, en la competencia del 7° Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo. No fue poca la sorpresa entre el público que desbordaba la sala Caviglia en la capital tucumana el pasado miércoles por la noche, cuando el jurado anunció que la ganadora no era Infancia clandestina, de Benjamín Ávila. Y es que el público (que respondió fervorosamente a un festival que cortó más de seis mil entradas en una semana) había hecho su favorita a la película de Ávila, director nacido en esa provincia. Su película narra la llamada "contraofensiva montonera" en el año 1979, desde la mirada de un niño. Y debe reconocerse que la gente no había hecho una mala elección: a Infancia clandestina –enviada por la Argentina a competir en España por los premios Goya y preseleccionada para representar al cine nacional en las nominaciones a los Oscar– le sobran méritos y argumentos para pelear cualquier premio. Porque a pesar de tratar un tema fatalmente doloroso y complejo de la historia argentina, lo hace con sensibilidad y potencia, utilizando una amplia paleta de recursos cinematográficos, y sin resignar nunca la posibilidad de narrar desde un lenguaje popular. Aquí, recibió una mención especial del jurado.
Pero el festival de Tucumán decidió premiar a un documental que cuenta la historia de un inglés que en los años '70 llega a Salta a realizar una investigación sobre los wichi, para completar una tesis antropológica. Pero sin cumplir su propósito, John Palmer termina abandonando su vida en Inglaterra para unirse a esa comunidad. Aquí se casa con una mujer de la tribu, con ella tiene cinco hijos (el último de los cuales nace durante el rodaje) y se convierte en defensor de los derechos de uno de los pueblos originarios más maltratados de los muchos que habitan nuestro país. Rosell realiza un retrato y un relato fascinante, manejando con maestría todos los elementos de los que dispone el cine para contar una historia. Demuestra que el montaje es la herramienta fundamental para narrar cinematográficamente; utiliza la música con inteligencia, no para subrayar aquello en lo cual la imagen ya es elocuente, sino para enriquecerla, y posee una fotografía a la vez delicada y potente.
Esta conjunción de aciertos cinematográficos consigue iluminar un tema silenciado, éxito al que se suma el hallazgo de un personaje inigualable como Palmer. Puede decirse que El etnógrafo reúne ensayo, prosa y poesía en una ecuación de la que resulta, sin dudas, una de las mejores películas que ha dado el cine nacional este año.
El festival también otorgó otras menciones adicionales, como las que recibió El último Elvis, premiando su dirección de arte y a John McInerny como mejor actor. La salteña Daniela Seggiaro fue mencionada como mejor dirección en ópera prima, por Nosilatiaj, la belleza, y El premio de Paula Markovich recibió el reconocimiento por mejor guión. Asimismo, la película El sexo de las madres, de Alejandra Marino, rodada en esta provincia y cuyo estreno porteño será el 1 de noviembre, se llevó las menciones a mejor fotografía y a la mejor actriz, por el trabajo de Victoria Carreras.
La séptima edición del Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo llegó a su fin. Aunque se haga difícil hablar de justicia, debido al alto nivel de una competencia que reunió a 20 de los títulos más destacados de la producción nacional reciente, si algo queda claro es que el cine argentino es capaz de producir un heterogéneo abanico de grandes películas.
Y que si se crean las condiciones y los espacios adecuados, los espectadores se interesan por ellas y les dan su apoyo. Justamente en la forma en que el público respondió a las actividades y proyecciones organizadas aquí, es donde se vuelve obvio que este tipo de festivales son un recurso válido a la hora de acercar el cine argentino hasta allí donde no llega; una forma de ampliar las variantes para difundir el trabajo de los artistas del cine, que compiten en clara desventaja contra las producciones extranjeras, sobre todo estadounidenses, que acaparan los principales espacios de exhibición. Para ello es indispensable contar con programadores con la suficiente lucidez como para escoger las películas adecuadas. Aun con muchas cosas por mejorar, ese es el más grande de los éxitos de este festival hecho con todo el cuerpo: a pulmón, con la cabeza y poniendo el corazón.  «

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