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lunes, 9 de septiembre de 2013

Jorge Sanjines. Nuevo cine Latinoamericano

JORGE SANJINES, MENTOR DEL NUEVO CINE LATINOAMERICANO

EL INSURGENTE

Realizador, guionista, productor, filósofo, paceño y ex fumador, Jorge Sanjinés es uno de los teóricos más importantes del Nuevo Cine Latinoamericano. Su potente filmografía contiene al menos dos títulos que pasaron a ser referentes indiscutidos: Sangre de cóndor (1969) y La nación clandestina (1989). Con su más reciente film, Insurgentes (2012), vuelve sobre la identidad aymara/quechua del pueblo boliviano, un tema y una polémica que lo obsesionan. Antes de su presentación de esta película en el 2º Festival de Cine de Unasur, en San Juan, Sanjinés recorre en esta entrevista su carrera, sus raíces europeas e indígenas, y los temas que, después de todos estos años rodando, todavía lo desvelan.






 Por Fernando Brenner

Si se comparan viejas fotos o algunas más recientes y su presencia actual, uno diría simplemente: “¡Estás igual!”. Es que a Jorge Sanjinés parece que el tiempo no le pasa. El cabello oscuro mullido, la barba, los anteojos, el rostro enjuto. Está igual. Ahí es donde se siente su pertenencia al mundo originario. Por lo general, los habitantes andinos, los arribeños, disimulan –más o menos– su edad. Y este señor ya anda por los 77 años. Y no para. Sigue dando cátedra y filmando. Como dijo el Golo (Alberto Benegas) en Tiempo de revancha de Aristarain: “¡Es que soy indio!”. “En Bolivia todos tenemos una porción de sangre europea e indígena”, contesta el director Sanjinés a la pregunta sobre si él también es descendiente de los pueblos originarios. “No creo que haya un blanco en Bolivia que pueda jactarse de tener sangre sólo europea. Yo escribí una novela, que algún día será una película, que es la historia de dos bolivianos. Uno es un indio del Altiplano y el otro es un joven de la sociedad elitista de Sucre, de Chuquisaca, de la más rancia aristocracia que se pueda encontrar allá. Los dos se conocen en la Guerra del Chaco, en el año ’33. La novela trata una historia que tiene mucha base documentada para demostrar que ambos –uno que es rubio, de ojos verdes y tiene la piel blanca, y el otro es aymara total– son descendientes de un ayudante de Bartolina Sisa, de hace doscientos años. Bartolina Sisa fue una líder y mártir de la resistencia indígena, y la compañera de Túpac Katari. Y naturalmente el blanco es un racista. Y ésa es la historia del país. Yo tengo antepasados que son españoles, ingleses e indígenas. Mi abuela paterna, que nació en Bolivia, era hija de un señor inglés, de apellido Glover.”
Jorge Sanjinés Aramayo nació el 31 de julio de 1936 en La Paz, Bolivia. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y Dirección de Cine en la Escuela Fílmica de la Universidad Católica de Chile. Es el fundador del Grupo Ukamau junto a Antonio Eguino, Oscar Soria y Ricardo Rada, que a mediados de los años ’60 buscaban con sus obras reivindicar las luchas de los indígenas y la resistencia campesina. Hoy por hoy, la Fundación Grupo Ukamau está constituida por cineastas jóvenes como Héctor Núñez, Diego Mondaca y, entre otros, Verónica Córdoba. En 1969, Yawar Mallku (Sangre de cóndor), que trata sobre la esterilización inconsulta a las mujeres quechuas, fue premiada en Venecia y se transformó en un hito del cine contestatario y rebelde de las décadas del ’60 y ’70. En 1989, con La nación clandestina (sobre un campesino aymara, la discriminación y la transculturación), se convirtió en el primer director boliviano en recibir la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián, en el País Vasco.
Sus películas no son ciento por ciento ficciones, ni ciento por ciento documentales. Hay algo mixturado allí, no hay preponderancia de un género, pero sí una mezcla. Se podría hablar de semidocumental o de documental reconstruido. “Es que la realidad social boliviana es muy inspiradora, es muy rica. Es un país muy interesante, con la presencia de una cultura indígena muy poderosa. Parte de las películas de nuestro Grupo Ukamau han estado abocadas a la realización de películas con historias de protagonistas indígenas. Porque consideramos que políticamente era muy importante convocar la atención del resto de la sociedad blanco-mestiza que siempre miró a la mayoría de la sociedad con mucho desprecio, con mucha ignorancia. Y esto ha ocurrido hasta hoy o hasta hace muy poco tiempo. Incluso la izquierda boliviana jamás pensó en los indios como una clase estratégica, en un segmento revolucionario de la sociedad. Nunca los miró así. Como los despreciaba o los paternalizaba, nunca se interesó en la cultura indígena. Los marxistas bolivianos aplicaban la ortodoxia marxista en la realidad boliviana, y no tenía nada que ver. El tema de que se pueda situar a la cultura como una parte de la superestructura de la sociedad, que es marxista, en la sociedad boliviana era equivocado porque la cultura está en la base de la sociedad, e impregna, modifica e influye en todas las conductas en todo el acontecer de esa sociedad desde abajo. Donde la cultura determina la actividad y las acciones políticas, la política no determina la cultura. Esa es la diferencia.”
Surge una comparación. Insurgentes, su film más reciente, es una película didáctica narrada en sentido inverso, que comienza en el presente y de ahí viaja al pasado, a sus orígenes. Y ya sea para atrás o para adelante, en relación con otras películas suyas, hay una cuestión historicista que se mantiene. Y esto se da de la mano con lo didáctico, pero no como una pedagogía obvia y elemental sino de lo otro, de lo que no se ve, de lo tapado. De aquellos de los que no tienen (o tenían) voz. En cierta manera, Insurgentes puede ser una síntesis de la obra de Sanjinés. Del blanco y negro al color, de lo semidocumental duro a la ficción pura, con menor o mayor presupuesto, ya sea filmando en su país o en Perú o Ecuador, siempre mostró y demostró diciendo: “Señores, acá hay un pueblo, acá hay una sangre, ¡acá está pasando algo!”. Con todo lo que está sucediendo últimamente en Bolivia, podemos decir que en la obra de Sanjinés había alertas desde el cine, de la cultura. Y se llega a esto, a Insurgentes. Que a su vez dialoga con la historia y dice que hemos llegado a estos días porque antes pasó toda esta historia. Y no habla de cine ni de música. Habla de los “Evos Morales” de cada tiempo, de cada siglo.
“Te voy a contar el porqué de narrar la historia al revés. Tiene que ver con la cosmovisión indígena. Los indios no se plantean el tiempo como un fenómeno lineal, esto empezó acá y terminó acá, el desarrollo y el final. Tienen más bien una comprensión más profunda de la realidad, más dialéctica también. Las cosas no son negro o blanco, gordo o flaco, pueden ser gris también. Y de una manera más sabia utilizan una lógica trivalente, podemos llamarla. No bivalente como el pensamiento cartesiano europeo. Y plantear la historia de esa manera es contarla como ellos la cuentan, como ellos la ven. Cuando te encuentras con un narrador oral, que te cuenta una historia o una leyenda, generalmente comienza destruyendo la intriga. En el cine occidental, la intriga, muchas veces, es el motor de la historia. A medida que te van contando la trama, quieres saber qué es lo que va a pasar. Como termina todo eso y muchas veces el autor se complace y se ensaña contigo, desorientándose para hacerte creer que va a terminar así o asá. Es una trampa generalmente la narrativa. Los indios no hacen así. Empiezan por el final. Como ocurre en la película. ¡Un hombre indio ganó el poder! ¿Qué pasó? ¿Cómo fue que se llegó a esto? Entonces vamos a retroceder para encontrar el origen de este proceso.”
La pregunta sería: ¿por qué hizo lo que hizo?, o ¿para quién lo hizo?
–También tiene que ver con la evolución del lenguaje. Ese lenguaje que empezó a ser occidental, una narrativa aprendida en la escuela para contar las cosas como la cuentan las películas gringas o europeas. Y cuando las aplicábamos al destinatario que queríamos llegar, encontrábamos que no conectábamos con ese destinatario que no conectaba con ese lenguaje. No es que no lo entendían. No conectaban, no lo sentían propio. Poco a poco, a través de experiencias, de fracasos, entendimos que teníamos que cambiar la narrativa, que teníamos que entender la cultura de ese destinatario, que no era la misma que la ciudad. Por ejemplo, ellos en su comportamiento cotidiano, en su organización social, ¡anteponían el nosotros al yo! Eso hace la gran diferencia con el mundo de Occidente. Y en Bolivia también con la clase dominante, el individualismo. Educada por toda la cultura heleno-judeo-cristiana que fue construyendo los paradigmas de la vida con el individualismo que nació, que generó después la propiedad privada, y ésta a su vez generó el capitalismo. Y estamos jodidos hoy en el mundo debido a este desarrollo equívoco. Los europeos se han equivocado, como se han equivocado siempre. Ellos eran los salvajes. Pintaron de salvajes a los indios, pero resulta que los indios eran mucho más desarrollados que ellos. Muchísimo más avanzados socialmente que ellos. Ellos sólo tenían un desarrollo mecánico, un desarrollo tecnológico y militar, porque tenían 7 mil años de experiencia guerrera, tenían armas de destrucción masiva cuando entraron a la Conquista. Al comparar flechas contra cañones no se podía vencer. Como ocurre hoy en día con el Imperio. De alguna manera es lo mismo, ¿no? ¿Cómo puede ser que un país poblado con dirigentes imbéciles como Bush, e ignorantes como Cheney, manejan y dominan el mundo? Son los mismos salvajes, como los colonizadores, con la misma política. Van a Irak y destruyen el Museo de Bagdad y borran parte de la memoria de la humanidad. Hacen lo mismo que hacen los curas españoles en México y queman los códices mayas. No han cambiado, no ha pasado nada. Porque esa cultura es el individualismo, es absolutamente limitante, es autodestructiva porque termina por volverse contra sí misma. Es lo que está pasando hoy día en el mundo capitalista. Europa está cosechando lo que ha sembrado. Y ese gran desafío es el que tiene y tuvo siempre la sociedad boliviana, el de no entender la profundidad de la cultura quechua y aymara, que son los dos grupos étnicos más grandes que hay. Entonces hay un desfasaje tremendo porque se ha subestimado a esa mayoría y no se le ha dado la importancia que tenía. Y cuando esa mayoría emerge por su propia cuenta, sin el apoyo de ellos, se sorprenden y dicen: “¿Qué ha pasado? ¿Ahora estamos con un indio con poder encima?”. Y no se resignan a ver que el canciller es indio, que el gobernador de La Paz es indio, que la ministra de Justicia es india y que el presidente es indio, y así. Y lo peor para ellos, para esa clase dominante, es que están sintiendo que eso es irreversible, que eso no cambia. Puede enfermarse o retirarse Evo Morales, o cualquier cosa, pero el piso ya se subió. No hay paso atrás.
Con los cambios de las políticas estatales de fomento, el surgimiento de muchas escuelas de cine y el arribo de las nuevas tecnologías, ¿cómo ve hoy al cine latinoamericano y a su público?
–Lo bueno es que para una cinematografía como la boliviana, que se realiza en una ciudad que no tiene laboratorios de cine, es una bendición. Que podamos grabar imágenes y procesarlas de inmediato en la computadora es un salto enorme. Pero tiene su lado negativo también. Porque los jóvenes que han empezado a hacer infinidad de películas, en su mayor parte unos mamarrachos, no se exigen rigor. Como tecnológicamente hay menos exigencia, el cine es más light. Como creen que tienen la cámara más sofisticada y más carita, piensan que pueden hacer la mejor película, existe esa distorsión. Pero también hay jóvenes que están estudiando, que nos miran, que van a ser los cineastas de mañana, y siempre les digo que hagan cualquier película: policiales, comedias, lo que quieran, no hay problema. Yo no les voy a exigir que hagan sólo cine político o cine comprometido, no. Pero que sea boliviano. Que tenga su mirada puesta en la cultura de mi país, en la sociedad y en la problemática de los bolivianos. Porque los bolivianos necesitan ese cine. Las sociedades se constituyen con el arte. Es el mejor instrumento. No la política, el arte. El arte llega.
Insurgentes, de Jorge Sanjinés (Bolivia - 83’), se exhibirá como película invitada en el 20º Festival Latinoamericano de Video y Artes Audiovisuales en Rosario, hoy a las 18 en el Museo Diario La Capital, http://flvr.centroaudiovisual.gov.ar/
Y también estará en la competencia oficial de largometrajes del 2º Festival Internacional Unasur Cine, San Juan, del 13 al 20 de septiembre. Días y horarios a confirmar. Consultar la página web: http://www.unasurcine.com.ar/index.php/descarga-la-programacion y enwww.facebook.com/UnaSurCine

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