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viernes, 18 de abril de 2014

García Márquez y el cine





El escritor colombiano Jorge Franco exploró, en un artículo de 2002, la relación de Gabriel García Márquez con la gran pantalla 
Tal vez la experiencia más frustrada que Gabriel García Márquez tuvo dentro del mundo del cine fue a sus 27 años, en Roma, como tercer asistente de dirección en una película titulada Lástima que sea un canalla, en la que actuaba Sofía Loren, una de sus actrices más admiradas.
Lo que nunca imaginó García Márquez es que en esa oportunidad no conocería a la actriz porque su trabajo consistió, durante todo un mes, en sostener una cuerda para que no pasaran los curiosos. Había llegado a Europa como corresponsal de El Espectador y quiso aprovechar su estancia en Roma para aproximarse a una de sus más sólidas pasiones: el cine. Al periódico tenía que enviar corresponsalías sobre la XVI Exposición de Arte Cinematográfico de Venecia. Aparte de buen crítico, su ejercicio en este arte se limitaba a su participación en la película La langosta azul, que había realizado con el Grupo de Barranquilla.
En Roma, se matriculó en el Centro Experimental de Cinematografía con el apoyo de Fernando Birri, director argentino quien también fue su cómplice para realizar el gran sueño de ambos: crear una escuela para enseñar, producir y promover el cine latinoamericano. Birri y García Márquez son los fundadores de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños (en La Habana, Cuba).
Cuando después se trasladó a París, e hizo El coronel no tiene quien le escriba, Gabo insistió en que esta novela no era literatura sino cine, porque en realidad él quería ser guionista. Y añadió: “La novela tiene una estructura completamente cinematográfica y su estilo narrativo es similar al del montaje cinematográfico”.
La idea de hacer cine le siguió dando vueltas obsesivas en su cabeza y con ese firme propósito se fue a México, en 1961. Durante los primeros años trabajó en publicidad, de la mano de Álvaro Mutis, sin desistir de su idea de entrar al mundo de la creación cinematográfica. Finalmente, apareció Manuel Barbachano, productor de Luis Buñuel, con la propuesta para que trabajara el guión de El gallo de oro, basado en un cuento de Juan Rulfo, uno de los escritores más venerados por el nobel colombiano.
La buena recepción de Tiempo de morir, que dirigió Arturo Ripstein, le permitió entrar de lleno en el negocio cinematográfico. Después de varios argumentos y muchos escritos empezó a hastiarse de la industria. Cansado de los caprichos y de las extravagancias de directores y productores quiso abandonar lo que tanto había buscado, a pesar de las advertencias de Carlos Fuentes:
“Gabo, no se te olvide que esto que estamos haciendo en el cine es para financiar las novelas que queremos escribir. Recuerda que tienes que escribir tu gran novela”.
Un día, de paseo a Acapulco, vislumbró la historia que quería contar, su gran novela, la que le cambió la vida y conmocionó a los lectores del mundo: Cien años de soledad.
A partir de entonces, no sólo entró por la puerta grande a la literatura universal, sino que se reconcilió con el cine, esta vez, con la autoridad que le daban su genio y su prestigio, y a través de muchas historias suyas llevadas a la pantalla, de sus talleres en la escuela de Cuba, de historias bosquejadas para que otros las contaran en películas ajenas.
Una reconciliación que mantiene su buena dosis de resistencia, porque como el mismo García Márquez lo dice: “El cine y yo somos como un matrimonio mal llevado, no puedo vivir con él ni si él”.

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