colectivo de cine

colectivo de cine
colectivo de cine. Documentales- Seminarios- Producciones

domingo, 9 de noviembre de 2014

PELO MALO, una película Venezolana

“Pelo malo”, cine bueno




Una película venezolana confirma el crecimiento de la actividad en países de Latinoamérica sin mayor tradición cinematográfica. Aquí, algunas razones.

por Cecilia Fiel
Junior tiene nueve años, el pelo rizado y un sueño: quiere sacarse una foto vestido de cantante y con el pelo liso. Para lograrlo deberá planchar sus rulos y en ese empeño probará de todo, desde secador de pelo hasta aceite de cocina. En el transcurso de esos intentos, se pondrá en escena la difícil relación con su madre, que lo rechaza debido al descubrimiento de su precoz orientación homosexual.
Con guión y dirección de la venezolana Mariana Rondón, Pelo malo ya obtuvo 20 premios, entre los que se encuentra la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián 2013. La han visto más de 240 mil espectadores en Venezuela y acaba de estrenarse en Buenos Aires.
No casualmente producida por Sudaca Films –productora independiente fundada en 1991 por la misma Rondón y Marité Ugás con el objetivo de lograr películas de calidad–, Pelo malo irrumpe en un momento de fuerte presencia del cine latinoamericano en festivales internacionales que ponen en el centro de la escena a países como Venezuela, Paraguay, Chile y Colombia, sin la tradición cinematográfica de México, Brasil y Argentina. La novedad merece una digresión antes de continuar con la película misma.
En 2005 se aprobó en Venezuela una nueva Ley de Cine, que trajo un importante crecimiento en su producción. “Antes de la ley se producía sólo un largometraje por año. A partir de 2005 el promedio es de unas 20 películas anuales”, dice Raúl Bravo, abogado venezolano especialista en cine y productor de El silencio de las moscas (Elieser Arias, 2014), filme que ya ha participado de 32 festivales internacionales.
Algo similar ocurre en el resto de Latinoamérica. Paraguay es un caso interesante. Según la consultora privada Ultracine, en 2012 y 2013 se produjeron en el país –incluyendo a 7 cajas –, tres títulos anuales. Pero al terminar la segunda parte de este año se habrán estrenado cinco largometrajes y otros tres habrán terminado su rodaje, “algo que pasa por primera vez”, dice Agu Netto, jefe de Medios Audiovisuales del Ministerio de Cultura de Paraguay. En un país sin ley de cine y sin apoyo estatal, esto puede explicarse por varios factores entre los que Netto destaca “la organización de los gremios y la confianza del público y de los cineastas luego del éxito de 7 cajas ”. El filme que puso al Paraguay en la escena internacional fue Hamaca Paraguaya (Paz Encina, 2006), premiado en Cannes; le siguieron Cuchillo de palo (Renate Costa, 2010), premiada en el Bafici 2010, y el cortometraje Carai Norte (Martín Martinesi, 2009). Los dos últimos se estrenaron en el Festival de Berlín.
La producción chilena también creció. De quince títulos en 2010, pasó a 22 en 2011, y siguió aumentando año a año hasta llegar a 35 en 2014. La nana (Sebastián Silva, 2009) abrió el camino a los festivales internacionales de los últimos años, obtuvo el Gran Premio del Jurado en Sundance Film Festival y fue candidata a los Globos de Oro. Más recientemente, Gloria (Sebastián Lelio, 2013) obtuvo doce premios internacionales, entre ellos, el Oso de Oro del Festival de Berlín.
Colombia también presenta su singularidad. Desde que se sancionó la Ley de Cine en 2003, se viene produciendo con continuidad filmes como Los viajes del viento (Ciro Guerra, 2009); La Sirja (William Vega, 2012), con presencia en Cannes; Los Hongos(Oscar Ruiz Navia, 2014), que obtuvo el Premio Especial del jurado en Locarno, Suiza, por mencionar sólo algunos títulos. En el primer semestre de 2014 se produjeron ya nueve películas. En todos los casos la coproducción cumple un papel estructural y el cuello de botella sigue siendo la distribución y exhibición.
“Hoy el cine latinoamericano es potente. No hay un concepto que lo unifique, es un cine capaz de mostrar sus diferencias. Antes había algo compasivo hacia nosotros: ‘pobre el cine latinoamericano, no tiene visibilidad’. Ahora, las películas latinoamericanas quedan finalistas”, dice Rondón, la directora de Pelo malo .
Su historia, la de Marta con su hijo Junior, se sitúa en la Venezuela actual, en un complejo de departamentos habitado por familias de bajos recursos. Marta es viuda y tiene dos hijos, está sin trabajo y hará todo lo necesario para recuperar su antiguo puesto de vigilante. En sus vacaciones escolares, Junior se encuentra ante situaciones que expresan una latente homosexualidad pero que su madre reprimirá a cada instante con la ilusión de “corregirlo”. La mirada de Marta expresa estupor al ver al niño bailando “distinto” al resto de los chicos. Niega esa realidad, la ignora. Hay algo de especular entre esa madre y su hijo. Junior la mira, reiteradamente, con dulzura pero ella responde con violencia y enojo: “Te he dicho que no me gusta que me mires así”. La construcción corporal se invierte cuando la madre se masculiniza con el traje de vigilante y Junior se feminiza planchándose el pelo. La que muestra Pelo malo es una Venezuela hostil y violenta donde la realidad ha pegado a la familia de Junior, el asesinato de su padre sobrevuela la historia pero sin darnos mayor información dado que “para un venezolano, la muerte se ha tornado algo común y cotidiano”, cuenta la directora. La violencia social es la que se reproduce, brutalmente, y puertas adentro, sobre la subjetividad de un niño. Los abundantes planos generales del barrio enfatizan la pequeñez física y metafórica de Junior dentro de la sociedad que también lo discrimina. La realidad social caraquense se halla latente en fuera de campo durante todo el film, pero ingresa en momentos puntuales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario